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El desencuentro de la clase obrera con la ciudad

¿Historieteamos?

Traemos a ¿Historieteamos? un repaso, desde la óptica de la lucha de clases, de la ciudad desde el s. XIX a nuestros días. Nos adentramos en la planificación urbana y en la proyección de esta sobre la vida cotidiana de la clase obrera.


¿Historieteamos?
¿Historieteamos?

El pasado septiembre la Comunidad de Madrid anunciaba un confinamiento “selectivo” de su población, de aquellas zonas con una mayor incidencia de contagio. Estas zonas coincidían con los barrios que ocupa la clase obrera en la ciudad de Madrid: Usera, Vallecas o Carabanchel, entre otros. Lo cual no es casualidad, ya que son en estos barrios donde la gente no teletrabaja, donde cogen el transporte público, donde se tiene menos espacio por persona en el hogar, etc.

Esta medida de confinamiento selectivo ponía una vez más de relieve el hecho de que la pandemia no afecta a todos por igual. Hacía más visible la diferencia de clase entre barrios ricos y pobres y cómo pertenecer a uno u otro también tiene consecuencias en la salud de sus habitantes. Este hecho, no es ningún descubrimiento, es una realidad que se lleva manifestando en nuestras ciudades desde el surgimiento del urbanismo moderno, de la mano de la revolución industrial y de la sociedad de clases.

De esta forma traemos a ¿Historieteamos? un repaso por la historia de la ciudad industrial, veremos cómo se cimentó sobre la desigualdad y cómo aún heredamos buena parte de esa cartografía que atraviesa nuestro día a día y convierte a la ciudad en un campo de batalla de clases.

El urbanismo moderno y la burguesía

El urbanismo moderno surge bajo los parámetros del capitalismo para darle una solución espacio-temporal a los conflictos sociales generados por la industrialización. Se convierte así en un instrumento de la ideología dominante, en tanto que interpreta unos determinados conocimientos y justifica, de forma cientifista, su aplicación. A pesar de que esta vaya sólo en sintonía con los intereses de una minoría.

Debemos entender la revolución urbana que surge para con la Revolución Industrial como el resultado de un proceso de acumulación de capital. Encaminado a empoderar a la burguesía, de ahí heredamos buena parte de la ciudad que hoy habitamos: hostil, fragmentada y ajena. La ciudad industrial se tradujo en unas condiciones higiénico-sanitarias deplorables para los trabajadores, afectando de forma directa a su salud. Algo que se hace hoy evidente en la actual situación de excepcionalidad sanitaria que vivimos: las enfermedades entienden de clases, y entienden de barrios.

Para entender la ciudad como ese campo de batalla de clases, es preciso entender el proceso de urbanización como un proceso de acumulación de capital que ayudó al reforzamiento de una burguesía industrial. Hoy esta alimenta al capital financiero mediante procesos especulativos y de gentrificación en nuestras ciudades. Y como ocurre en todo proceso de acumulación por parte de una minoría que sustrae riqueza a la mayoría, este conllevó una desposesión como veremos a continuación en el origen de la ciudad industrial, centrándonos en la primera Revolución Industrial Inglesa.

Londres en la I Revolución Industrial
Gustave Doré. 1872. Londres: Una peregrinación.
Enclosure Acts: un ejemplo de desposesión del espacio

El paso del feudalismo al capitalismo en Inglaterra está marcado por la desposesión de los medios de producción de quienes hasta entonces podían seguir viviendo al margen del sometimiento salarial. Lo cual era posible por la pervivencia de las tierras comunales y la forma de vida que ello conllevaba. Un ritmo de trabajo marcado no por el disciplinado horario fabril, sino por las estaciones naturales; la conexión entre el campo y la ciudad; una permeable separación de lo doméstico-productivo, etc.  Esta forma de vida en torno a los recursos comunales y las fuentes de ingresos informales asociadas a ellos, permitían una mayor independencia y por ende un empleo heterogéneo tanto del tiempo como del espacio.

Aquellos que pudieron en su momento arrendar un terreno, o les vino por herencia de sus antepasados, crearon una ilusoria imagen de libertad que se desvaneció por completo, junto con las ventajas y desventajas de su forma tradicional de vida asociada a una etapa preindustrial, mediante las Leyes de Cercamientos o Enclosure Acts.

Durante las Leyes Parlamentarias de Cercamientos emitidas entre 1750 y 1850, más de seis millones de acres, un cuarto de la extensión cultivada por campos libres, tierras comunales, tierras yertas, etc. se convirtieron en propiedad privada. Se desposeía así al pequeño campesino sin propiedad para el que la tierra libre era su único, o buena parte, de su sustento. Mientras que por otro lado, a los pequeños propietarios o arrendatarios que poseían sus tierras por herencia, ahora se les hacía imposible competir en precio con los grandes terratenientes de mentalidad comercial que habían llegado casi a monopolizar la tierra tras el enclosure. Pasando así estos individuos a convertirse por fuerza en jornaleros o a marchar a la ciudad en busca de trabajo en la industria.

En definitiva, podemos apreciar cómo de forma paralela a la Revolución Industrial en la ciudad, en el campo se lleva a cabo otra “revolución”. Esta tiene por objeto mediante la técnica del enclosure: una mayor productividad, consecuencia de la inversión de capital en la tierra y mayores extensiones de cultivo a fin de alimentar a la población creciente. Por otro lado, con el encolosure se nutre a la ciudad de nuevas fuerzas de trabajo dispuestas a sustentar las fábricas, consecuencia del éxodo rural. Se subordina así el campo a la ciudad y con ello una forma de vida.

Las condiciones de vida de la clase obrera en la ciudad industrial

La ciudad refleja como ningún otro universo de objetos, fenómenos de densidad, de concentración humana y de proximidad espacial muy singulares. Es por ello por lo que pretendemos buscar la conexión entre el proceso, el surgimiento de un nuevo sistema de producción y unas nuevas relaciones sociales, y el espacio en el que se adscribe, es decir la ciudad.

El desarrollo tecnológico y su aplicación a la producción tuvo desde finales del s. XVIII un gran impacto en todos los aspectos de la vida, entre ellos el territorio. El desarrollo de centros urbanos ligados a la nueva industria provocaría que surgiera el urbanismo moderno con la finalidad de acabar con los nuevos problemas en lo que respecta al uso del suelo que la industria había propiciado. Sin embargo, no se trata de una rama que surja de un impulso humanista, surge de la imperiosa necesidad de controlar el crecimiento poblacional de la ciudad industrial, a fin de asegurar el funcionamiento de esta.

Como dice Lefebvre, es la industria quien genera sus propios centros urbanos, es esta quien la remodela en función de sus necesidades y se apodera de ella. Es por ello por lo que muchas veces primaría como único principio el de la ganancia mediante la especulación. Engels nos habla sobre Manchester de esta forma: donde todavía quedaba una parcela libre se construyó una casa, donde quedaba una abertura superflua se la cercó: el valor de los bienes raíces va corriendo parejo con el desarrollo industrial y cuanto más se eleva, más frenéticamente se fabrica.

Las comodidades de la clase obrera y las condiciones higiénico-sanitarias brillaban por su ausencia. Al fin y al cabo, siempre había alguien dispuesto a pagar por una de estas viviendas que desafiaban toda lógica, ya que no podía acceder a algo mejor. Para los constructores de esta etapa los pobres constituían un mercado improductivo, por lo que cuando estos no se apiñaban en los antiguos distritos del centro, abandonados por las clases superiores, sus domicilios eran edificados por pequeños constructores especuladores. Situaciones que nos recuerdan hoy a muchas de las ciudades del Estado Español, donde no importa la comodidad de la vivienda, siempre que exista un ejército de reserva que la ocupará fueran cuales fueran las condiciones por la imperiosa necesidad de un techo.

Mientras que en Londres los cottages o barrios obreros se fundían con el centro, en Manchester el centro estaba reservado a las oficinas y el comercio. Los barrios obreros se circunscribían en un cinturón en torno a ese centro comercial, de tal forma que pudiéramos entrar y salir de Manchester a hacer nuestras gestiones sin percibir la miseria que había detrás de ese centro.

Al propio obrero, que es el constructor y responsable de levantar ese centro comercial de Manchester que pisa la burguesía, se le expulsa al extrarradio, se le expropia de su obra como se le extrae la plusvalía en las fábricas. Despojado de su fruto de trabajo a cambio de una mísera parte de este con respecto a su valor real, se le permite vivir en la ciudad porque resulta útil, pero sin embargo vivir la ciudad, es algo que queda acaparado por la burguesía.

En la actualidad el panorama parece cambiar, en tanto que, por ejemplo, un estudiante de origen obrero puede viajar a estudiar a la ciudad con enormes sacrificios e incluso habitar el centro de la ciudad. Sin embargo, el aporte de la ciudad no concuerda con lo que la ciudad extrae de él. Por ejemplo, mediante la plusvalía que se le extrae por medio de las rentas de posición en zonas valorizadas de la ciudad o mediante el bombardeo consumista que empuja al joven de extracción obrera a la obtención irracional de bienes. Esto ocurre porque si no lo alcanza se sume en la pobreza, pobreza también como estadio mental que conllevan inseguridades, miedos y el ostracismo en las relaciones sociales.

La expropiación de la ciudad y la alienación de esta se agudiza con dureza en nuestros días. Otro ejemplo, que muestra esta alienación del habitante con el entorno, es cuando vemos una escultura de autor en el centro de la ciudad. Esta obra no está pensada como un elemento que cree pertenencia e identidad entre la población, sino como un reclamo turístico que en el habitante de la ciudad genera sentimiento de desposesión del espacio.

En esta segregación y hacinamiento a la que estaba sometido el obrero dentro de la nueva ciudad industrial, sus condiciones de vida eran paupérrimas. Si bien en este momento, y sobre todo a partir de 1830 con el desarrollo de los medios de transporte como el ferrocarril, los habitantes de la ciudad pudieron acceder a una mayor cantidad de productos alimenticios. También hay que tener en cuenta que la elaboración de estos será escasa dada las condiciones poco propicias de las viviendas. Por otro lado, se incrementa la adulteración de productos al no darse un trato directo entre productor y consumidor, a diferencia de lo ocurrido en el ámbito rural. A esto habría que sumar el incremento del coste de los alimentos, como consecuencia de los intermediarios, que a su vez conllevaba una disminución de las calorías y proteínas ingeridas.

La malnutrición, el hacinamiento, la falta de servicios básicos como el alcantarillado o agua corriente, sumado a los excrementos, ganados, pozos y demás elementos que configuran un espacio sensitivo bastante desagradable, además de insalubre. Fueron un caldo de cultivo para la proliferación de epidemias, cuyo impacto era mucho mayor en esos cottages o barrios obreros que en los barrios residenciales que habitaba la burguesía en el extrarradio. Tuvo que aparecer el doctor John Snow, que se crió en el seno de una familia obrera, para advertir que: Era entre los pobres, con familias que vivían, dormían, cocinaban, comían, se aseaban juntas en una sola habitación que se expandía la cólera. Dos décadas después del primer brote en Inglaterra.

Ilustración sobre el hacinamiento e insalubridad de la clase obrera inglesa en la ciudad.
“Una corte para el rey del cólera”, 1852. Ilustración que refleja las condiciones de hacinamiento e insalubridad del proletariado inglés en la ciudad.

Situaciones que nos recuerdan a las periferias actuales de nuestras ciudades, donde la población es alimentada con productos hipercalóricos, más baratos, pero menos nutritivos. Donde las enfermedades, no hay nada más que ver la actual situación, se ceban por dos, pues no es lo mismo tener coronavirus en Usera que en el Barrio de Salamanca. Algo que parece tan obvio se ha intentado suavizar mediante el lenguaje, diciendo que “esto no entendía de clases, ni de colores políticos”, quizá no estaría de más, aunque fuera tan sólo cuestionarlo.

El espacio y la cotidianidad como concienciadores de clase

El barrio obrero se intuye en principio como una comunidad con un importante nivel de trabazón interna: de condiciones ambientales, de homogeneidad socio-profesional, de relaciones interpersonales y de parentesco, de permanencia cotidiana.

Sin embargo, en la actualidad no sólo se presenta diverso en cuanto a la actividad profesional, procedencia y culturas de sus integrantes. Hoy el barrio obrero presenta unas fronteras menos claras, más desdibujadas por la imperante individualización y por esas falsas aspiraciones de ascenso. Por ejemplo, motivan a un asalariado a moverse hacia las zonas residenciales a las afueras, creyendo que al salir del barrio deja atrás su antiguo estatus y asciende en la escala social. Sin embargo, nuestra condición de clase no es algo que podamos sacudirnos y dejar los restos en nuestro antiguo felpudo, nuestra condición de clase se hereda y, salvo contadas excepciones, cualquier ascenso es susceptible de caer de nuevo.

Pero estas diferencias, hoy agudizadas, ya se daban en los primeros obreros de la Revolución Industrial, procedentes de ámbitos diversos. A pesar de ello, esta masa de obreros con intereses particulares y procedencias distintas pudo autoconcebirse como una clase. En parte por el hecho de compartir una vida común precaria, en contraposición a la cada vez más opulenta vida burguesa.

Como dice Hobsbawm, los obreros fueron empujados hacia una conciencia común. Ahora la taberna pasó a ser la “iglesia del obrero”, y la religión, antes elementos cohesionadores de la comunidad, iba siendo sustituidas por la fe en el socialismo. La ciudad daba lugar a nuevos espacios de cohesión social, distintos a los que ofrecía la vida preindustrial, dando lugar a nuevas ideas que sólo en este entorno pudieron florar. El nuevo obrero industrial se puede llegar a concebir como tal gracias a la cotidianidad que le rodea, ya sea en el Paralelo de Barcelona, o en la taberna inglesa, espacios que sólo se explican en la ciudad y en unas nuevas normas socioculturales de relacionarse.

Otro espacio de esa cotidianidad del obrero lo constituye su lugar de trabajo, es decir la fábrica. Donde no sólo comparte espacio físico con sus semejantes, sino que además comparten un mismo espacio dentro del modo de producción capitalista que se materializa en sus condiciones laborales precarias.

La fábrica, como elemento cohesionador de clase hoy es ya casi algo residual. Con unos trabajadores que se concentran sobre todo en el sector servicios, el hecho de compartir un espacio físico con muchos otros iguales y que ello nos eleve a la conciencia de clase es algo que ha pasado a la historia. Nuestra clase obrera que ahora habita la ciudad es la dependiente, la empleada de un burger, el informático que teletrabaja, el rider, la camarera de hotel, etc. Puestos que no ofrecen unas situaciones de convivencia como las que ofrecían las grandes fábricas hasta el Siglo pasado. Donde no sólo es más difícil articular la lucha obrera, sino que además es mucho más difícil crear un sentimiento común de pertenencia a una clase.

Mochilas de la empresa Glovo ardiendo en una protesta de trabajadores de su sector.
Protesta de los trabajadores de Glovo contra la precariedad de su sector tras el atropello de un compañero inmigrante de 22 años. Barcelona, 2019.
La ciudad hoy

La ciudad debemos entenderla como reflejo de nuestra sociedad, y cómo cambia la sociedad cambia la ciudad. En los pasados Siglos XIX y XX en la ciudad podíamos encontrar dos bloques bastante homogéneos en cuanto a la ocupación del espacio y la posición en la clase social. Pero en la actualidad estos dos bloques se ven, al menos en apariencia, atomizados.

Ahora el espacio de la ciudad ya no sólo se ocupa en función a la clase social a la que pertenezcas. También a tu procedencia (inmigrantes), a tu capacidad de acceder a la formación (estudiantes) o a la forma en la que te vas a relacionar con la ciudad (turistas). Es por ello por lo que, si en los Siglos pasados la ciudad se podía entender como un claro reflejo de la lucha de clases, hoy esto no parece tan evidente, al igual que no parece que siga existiendo la propia lucha de clases. Sin embargo, las fronteras que nos hacen perder de vista la vigencia de la lucha de clases dentro de la ciudad son más mentales que materiales.

Buena parte de culpa la tienen términos tan insidiosos asociados a la ciudad y a veces reproducidos por el cine, la literatura e incluso la Academia que hacen ver esta como un lugar romántico, subversivo, trasgresor, generador de libertades, universal, atractivo y cumplidor de sueños individuales y colectivos. A los cuales sólo se accede si se parte de una determinada posición de privilegio, si se posee cierto capital (también cultural, que diría Bourdieu). De lo contrario la ciudad también es un bloque a medio construir por la explosión de la burbuja inmobiliaria, un conflicto laboral a escasos metros del monumento más visitado de la ciudad, un inmigrante vejado, desahucios, cortes de luz, viviendas insalubres, etc.

En un pasado estas condiciones precarias cotidianamente compartidas por los obreros fueron las que ayudaron a una toma de conciencia como clase. Más aún cuando ponían en tela de juicio sus vidas comparadas con la vida cada vez más opulenta de la burguesía. En la actualidad no sólo no se hace tan evidente, sino que además se aspira a ser burguesía, sin poner a esta en tela de juicio. Es por todo ello que se convierte la ciudad en un campo interesante para tener en cuenta en el análisis de los cambios históricos, un campo de batalla donde burguesía y clase obrera pugnan por habitarla.

En un principio, las primeras respuestas del movimiento obrero con respecto a la vivienda no eran relativas a la calidad y disposición de estas. Se habían limitado a pedir más alojamientos. Recordando a las primeras acciones medianamente organizadas de obreros, que atacaban a las máquinas sin ser capaces de visualizar el verdadero problema, sólo percibido de forma superficial.

Sin embargo, el problema es que Siglos después, desde la izquierda institucional, salvo contados ejemplos locales, tampoco se han articulado medidas verdaderamente revolucionarias, transformadoras y redistributiva con respecto a la ciudad, más allá de unos fracasados intentos de controlar el alquiler. De hecho algunas veces han entrado en el juego neoliberal de hacer la ciudad un espacio más competitivo, mediante obras faraónicas y la monumentalización. Mientras, las clases populares veían convertir sus derechos, como lo es el de habitar la ciudad, en una mercancía que sube y baja de precio a razón del mercado y no de las necesidades humanas.

Por otro lado, es en esta ciudad que a veces se nos presenta hostil y ajena, donde surgen también dinámicas de resistencia popular, como puede ser la paralización de un desahucio, que nos manifiestan la vigencia de la lucha de clases, del espacio urbano como campo de batalla, de un horizonte a conquistar.

Historieteamos

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David Medina González

Por David Medina González

Soy David Medina González. Natural de La Carolina (Jaén), actualmente estudio Historia en la Universidad de Granada. De la generación sí-sí (igual de precaria que la nini, pero romantizada). Una consecuencia de la crisis del 2008. Estoy por aquí para socializar conocimientos, para leeros y que me lean.

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